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Cuando el azúcar volvió a endulzar: la compra de Paramonga

  • Foto del escritor: ACRES Finance
    ACRES Finance
  • 7 nov
  • 5 Min. de lectura
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Era la segunda mitad de la década de 1990 en el Perú, y las privatizaciones estaban en un momento de mucha actividad. El sector azucarero había sido confiscado a sus anteriores propietarios durante el gobierno militar de la década de 1960 y entregado a sus trabajadores en forma de cooperativas agrarias. La gestión de los trabajadores había llevado a la quiebra a la gran mayoría de las cooperativas, principalmente por su poca capacidad de gestión y el escaso atractivo para incorporar profesionales con experiencia.


El principal mercado del azúcar era el doméstico, con una cuota de exportación a los Estados Unidos a precios atractivos. La situación era tan mala que hubo años en que, para abastecer el mercado local, se tuvo que importar azúcar, cuando el Perú tradicionalmente había sido exportador. Esta situación hizo que varias empresas extranjeras y peruanas comenzaran a interesarse por comprar estas empresas, cuyos accionistas eran los trabajadores. Era un trabajo muy complejo, porque había que ubicar a cada trabajador para explicarle qué era una acción (“ese papel que le dieron hace años en el que le informaron que usted era uno de los dueños de la empresa”) y todos los mecanismos para lograr que quisieran y pudieran venderla.


En esos años me desempeñaba como el CEO de Banca de Inversión del segundo mayor banco del Perú y teníamos mucha actividad en el mercado de capitales. Recibí una llamada del CEO del banco, quien me informó que me visitaría Jaime Mur Campoverde para explicarme su idea de “privatizar” la Cooperativa Paramonga. Esa idea no estaba dentro de nuestros objetivos. Jaime se presentó en mi oficina con dos grandes maletines de cuero; de allí comenzó a sacar una serie de papeles y documentos. Pude comprobar que había hecho proyecciones financieras y que contaba con la firma de un número importante de trabajadores que habían entregado en custodia sus acciones, aunque todavía faltaba mucho para alcanzar una mayoría que permitiera el control de la empresa.


Luego del análisis legal y financiero, concluimos que la operación era factible. Jaime me invitó a ir a Paramonga para que observara el proceso de recolección de firmas y de acciones. Al llegar, comprobé que era una ciudad fantasma: sin servicios, sin comercio, poca gente en las calles y, lo peor, sin esperanza. Nos levantamos de madrugada, a las 4 a. m., para hablar con los trabajadores rumbo al campo y explicarles el proceso. Para un cortador de caña, ese era un lenguaje extraño. Una vez que lo entendían, comenzaba el proceso más difícil: lograr todas las condiciones para firmar el documento de compromiso y entregar las acciones físicas en custodia. Tras 30 años de ausencia del Estado, muchos no tenían su DNI en orden; tenían varios “compromisos”; eran viudos y figuraban como casados; o tenían documentos vencidos, etcétera. El trabajo de acopio de acciones fue muy largo y complejo, pero avanzaba.


Las condiciones de financiamiento del banco para la adquisición fueron, fundamentalmente, dos: (a) garantías reales y (b) el compromiso y acopio de por lo menos el 50.1% de las acciones. Se lograron las garantías reales, principalmente con las acciones de una empresa de telecomunicaciones y otras. Iniciamos el seguimiento del acopio de acciones. Surgió un problema adicional: los trabajadores no querían abrir cuentas de ahorro donde depositar el producto de la venta; querían su dinero en efectivo. Cuando hicimos los cálculos, eso significaba llevar seis camiones de caudales desde Lima, con vigilancia extrema, entre ellos vigilantes con armamento de largo alcance. Se hicieron los arreglos necesarios para este transporte y les informaríamos con 24 horas de anticipación.


Finalmente, Jaime me llamó y me informó que estaban muy cerca de llegar al 50.1% y que me trasladara a Paramonga. Llegué temprano. Se había habilitado un colegio para hacer los pagos; en cada aula había una relación por letras de sus apellidos para que los trabajadores se acercaran. En cada mesa de pago había un representante del comprador, uno de los trabajadores, uno de la notaría y uno del banco. Al llegar, comprobé que el porcentaje de acopio era de aproximadamente 47%, por lo que decidí autorizar el traslado del dinero. Los camiones demoraron casi cinco horas en llegar a Paramonga. Mientras tanto, se seguían acopiando acciones, pero en las colas para el acopio había muy pocas personas.


Los camiones llegaron, lo que causó revuelo entre las personas. Los vigilantes del dinero se apostaron en los techos del colegio, con sus fusiles a la vista de todos. La cola se incrementó, pero aún no llegábamos al 50.1% y la gente comenzaba a impacientarse. Jaime me dijo: “Si no comenzamos a pagar ahora, vamos a perder la oportunidad”. Vi los registros: estábamos en 49.4% y eran las 7 de la noche. Salí a ver la cola; había mucha gente, e hice un cálculo rápido: con los que estaban en la fila se llegaría al 50.1%, así que autoricé que se comenzara a pagar. El primero que cobró fue un señor de avanzada edad que salió del brazo de su esposa con los billetes en forma de abanico. Una empresa televisora había enviado a sus reporteros y tomó en vivo al señor saliendo con su dinero. En ese momento, la efervescencia fue total y la cola se extendió por casi dos cuadras.


Eran casi las 11 de la noche cuando llegamos al 50.1%. Estábamos extenuados. Salimos a caminar con Jaime, y la gente lo saludaba, lo llenaba de bendiciones y lo felicitaba. Recuerdo que le dije: “Ellos creen que eres Dios, pero tú estás convencido”, y nos reímos a carcajadas. A eso de la 1 a. m., el personal de un banco habilitó una pollería para recibir los depósitos de los trabajadores y colocó en la puerta un cartel con el nombre de la entidad; las colas comenzaron a formarse. El dinero de los depósitos se entregaba a la empresa de caudales que había llevado el efectivo, que luego sería usado para pagar las acciones. Al día siguiente, otro banco habilitó otra oficina en un negocio y, durante el día, aparecieron vendedores de muebles, electrodomésticos y artículos para el hogar. El pueblo fantasma se había convertido en una economía vibrante. Ante nuestros ojos estaba lo que Milton Friedman había explicado en muchas páginas de texto y que muchos no necesariamente comprendían.


Al día siguiente regresé a Lima, cansado pero con una satisfacción enorme por haber logrado devolver la esperanza a muchas personas que la habían perdido; comprobar que la imaginación y la iniciativa de las personas pueden superar cualquier adversidad; y confirmar que la libertad es fundamental para el desarrollo de las personas y las economías. Existen ocasiones en que las operaciones de mercado de capitales son complicadas de estructurar, pero el verdadero valor se logra en su implementación y se maximiza con una solución simple, sobre todo conociendo el problema en detalle y comprometiéndose a darle una solución.

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